En la región se han intensificado los conflictos debido a que grandes
megaproyectos pretender instaurarse o –más bien ya están instaurados- en
América Latina generando una mayor depredación de recursos naturales y un grave
impacto ambiental en comunidades indígenas y campesinas. En esta situación, los
gobiernos progresistas también están fomentando actividades extractivistas bajo
la retórica de una mayor participación del Estado en la distribución de los
ingresos e incentivando el gasto social para paliar las demandas sociales, sin
embargo el problema radica en los grandes costos ambientales y humanos que
dichos procesos implican y que siguen reproduciendo y engrosando en muchos
casos el patrón de acumulación.
En esta lógica, es que los movimientos sociales son los que han
mantenido la presión sobre los gobiernos y las empresas para defender la
naturaleza, su territorio e incluso su propia vida. De esta manera, han surgido
diversos tipos de ambientalismos en América Latina: los de carácter
conservacionista, los de perfil nacional populista, el ecologismo de los
pobres, el ambientalismo de justicia socioambiental y el ecologismo profundo.
Pese a las divergencias y puntos de acuerdo entre estos tipos de
ambientalismos, lo cierto es que el centro neurálgico se tiene que centrar en
el cuestionamiento del actual sistema capitalista y el orden social que este
genera porque de lo contrario no se lograran revertir los procesos que dañan al
planeta y mucho menos alcanzar soluciones respecto al problema que hoy día
afronta la región, pues es evidente la existencia de una crisis civilizatoria. Por
ello se debe poner especial atención a lo que están realizando los movimientos
indígenas, actores que históricamente han ejercido un papel significativo en la
defensa de la naturaleza y la resistencia frente a los proyectos
transnacionales.
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