La
explotación y dominación de la naturaleza por parte del hombre tiene su origen
en la colonialidad del poder, esto es, cuando se dio la división del trabajo
capitalista en América Latina y los países europeos fueron especializados para
producir manufacturas mientras que los países de América Latina fueron
especializados para producir materias primas. Posteriormente, con la revolución
industrial se produjo toda una serie de efectos negativos sobre el planeta,
debido a la contaminación que producía el uso de los motores de combustión,
además de que para la naciente industria el uso de la naturaleza se comenzó a
mercantilizar debido a que la producción y el consumo se masificaron.
Continuamente, al finalizar la II Guerra
Mundial, el plan de reconstrucción de Europa (Plan Marshall) se convirtió en el
trasfondo para seguir dominando los recursos naturales, bajo el auspicio del
discurso del “desarrollo” y con un acelerado proceso de industrialización
masivo para el consumo. Del mismo modo, en el campo socialista se dio un
proceso de industrialización y de explotación de los recursos energéticos,
principalmente petróleo, gas y minería, en detrimento del sector agrario. Por
lo que entonces puede decirse que ambos modelos, tanto el capitalista como el
socialista mantuvieron la misma lógica de ver a la naturaleza como un sujeto
que debe ser dominado y explotado y no con una visión biocéntrica.
Bajo este
esquema, es que a partir de 1945 comenzó a introducirse en el mundo la idea de
“desarrollo” que al igual que la idea de “progreso” son conceptos que tienden a
señalar la existencia de una serie de metas a alcanzar tomando como referencia lo europeo o estadounidense generando con ello
nuevamente la subordinación de la naturaleza. Debido a que se intenta
mercantilizar y privatizar todo cuanto existe en el planeta, ya sea agua, aire,
tierra, bosque, selva e incluso el clima.
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