domingo, 16 de marzo de 2014

La voz de la experiencia

Ayer por la noche reflexionaba un poco acerca de las personas de edad adulta, que no precisamente son abuelos (as) pero que se les adjudica tal nombre. Me puse a pensar acerca de qué es lo que significará para ellos la vejez, ¿será plenitud?, ¿les causará temor?, o ¿será simplemente una etapa más de vida? No lo sé, y estoy lejos de saberlo, pero si algo puedo mencionar es que a lo largo del tiempo he tenido la oportunidad de conocer a personas de esta edad cuyas enseñanzas me han sido de gran utilidad en la vida.
 
Además de ser amigos, son guías, son ejemplo, son experiencia, son todo eso que es difícil de explicar pero que sin embargo los hace estar ahí para darnos consejos, para contarnos historias, para guiarnos en nuestros caminos. Son esas personas que han vivido tantos años y que han visto la evolución del mundo, las que hoy se sorprenden con la tecnología, con nuestras formas de vestir y de hablar, que les sorprende cómo cada día nos volvemos más individuales y más indiferentes ante ellos que pasan por esta etapa de la vida.
 
Así, la pérdida de valores nos está llevando a un proceso creciente de individualización que conduce inevitablemente a la indiferencia, al hecho de ignorar y olvidar que existen personas de edad adulta que merecen respeto y ayuda pues su condición ya no es tan saludable como para que puedan realizar actividades por sí mismos, no porque no puedan, sino porque con los años el cuerpo ya no les responde tan rápidamente, porque su visión se va nublando, porque su voz ya no se escucha tanto, porque sus brazos ya no son tan fuertes, porque sus pasos ya no son tan largos. Por eso, necesitan ayuda, necesitan una sonrisa, necesitan un apoyo, necesitan una guía para cruzar la calle, unos ojos que les ayuden a leer, unos oídos que los ayuden a escuchar, unos brazos que los ayuden a sujetarse, un cuerpo que los ayude a sostenerse, ¿y adivinen qué? nosotros somos ese cuerpo.

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