Hace un par de meses, específicamente en octubre de 2013 con motivo de la celebración del 51 aniversario del Festival Internacional Cervantino, tomé la decisión de asistir a dicha festividad, entre otras cosas para conocer Guanajuato y también por motivaciones personales.
De primer momento, me sorprendió el singular clima prevaleciente en el lugar ya que por la madrugada era bastante frío y en el resto del día el calor era muy intenso. Sin embargo, el frío de las mañanas no impidió que decidiera emprender el viaje por aquella bella ciudad.
Así, bien entrada la mañana hice el viaje en una vagoneta turística con destino al Museo de la Inquisición en donde se exhibían muchos de los instrumentos más crueles que han existido en la historia de la humanidad, lo que me hizo reflexionar acerca de este periodo y de las injusticias cometidas por la Iglesia en nombre de Dios. Era muy extraño para mí ver cómo mientras unos tomaban fotografías de dichos instrumentos yo no hacía más que pensar en el sufrimiento y dolor que tales aparatos le pudieron haber causado a las personas, lo que me hizo pensar que quizás el dolor ajeno infligido hace cientos de años a muchos seres humanos no es algo que le importe actualmente a la gente. No obstante, ocurrió y no hay que olvidarlo.
De igual forma, recordando nuestro pasado colonial, a medio día un grupo de compañeros y yo fuimos a visitar la mina llamada "La Valenciana" que data de 1760 y de la que se extrajeron grandes cantidades de plata que sirvieron en gran medida para mantener el Virreinato de la Nueva España. Esto no era nada nuevo para mí ni para ninguno de los asistentes, pues es bien sabido que España se enriqueció a costa de la extracción de metales preciosos del continente americano. Sin embargo, lo que en verdad me sorprendió fue entrar en la mina, descender las escaleras y llegar al sitio en donde hace más de 300 años los esclavos -principalmente negros e indígenas- trabajaron en condiciones sumamente inhumanas, sin ropa, sin alimento, con lazos amarrados en la cintura, sin ningún tipo de protección e iluminación y en la peor tortura que se puede imaginar. El lugar era tan oscuro que la vista apenas era visible con las luces de los teléfonos celulares; las escaleras eran tan pequeñas que apenas y uno podía caminar sin resbalarse; los agujeros eran tan profundos que uno apenas y podía imaginar cómo entraban las personas por aquellos lugares tan estrechos para ir en busca de la plata; en fin, fue tanta mi sorpresa al conocer realmente una mina y reflexionar sobre ello que me prometí a mi misma jamás volver a usar algún objeto hecho de oro o de plata, ni de ningún otro metal valioso pues el dolor y el sufrimiento con que han sido obtenidos es suficiente para no seguir fomentando ese tipo de actividades que deshumanizan el trabajo y que lastiman a las personas.

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